
Empresas estadounidenses enfrentan la geopolítica como su mayor reto económico
Un informe de McKinsey revela que las tensiones internacionales superan a otros factores de riesgo y obligan a repensar las estrategias de crecimiento.
Durante décadas, la geopolítica ocupó un papel secundario en las preocupaciones de los líderes empresariales, detrás de aspectos macroeconómicos, tecnológicos y estratégicos. Hoy, la situación cambió drásticamente: las tensiones internacionales se han convertido en el principal factor de riesgo para el crecimiento económico, según advierten los ejecutivos globales.
Una encuesta de McKinsey & Company realizada a finales de 2024 a más de 900 directivos en distintos países reveló que los riesgos geopolíticos son percibidos como la mayor amenaza para los negocios. Este hallazgo refleja el impacto de la rivalidad entre Estados Unidos y China, que está redefiniendo reglas de comercio, inversión y cadenas de suministro en todo el mundo.
Frente a este panorama, los especialistas subrayan que las empresas no solo deben resistir la disrupción, sino también aprovechar las oportunidades que emergen de ella. El mayor peligro sería abordarla únicamente desde una lógica defensiva, ignorando el potencial de generar valor en un entorno de cambio.
Cada vez más líderes con visión de futuro se preguntan cómo prosperar en un escenario en el que la política internacional y la tecnología transforman simultáneamente la dinámica de los mercados.
Entre las acciones recomendadas, McKinsey plantea la creación de equipos internos de análisis geopolítico. Estas unidades tendrían la misión de anticipar escenarios, evaluar riesgos y diseñar planes de respuesta para apoyar la toma de decisiones estratégicas en las organizaciones.
Además de gestionar amenazas, estos equipos pueden detectar oportunidades derivadas de políticas industriales, tratados comerciales, controles de exportación o medidas regulatorias. La clave, indican los expertos, está en combinar preparación con capacidad de reacción, siguiendo el principio de que “la suerte es cuando la preparación se encuentra con la oportunidad”.
Los aranceles, por ejemplo, impactan de manera desigual a los distintos sectores. Algunas compañías pueden capitalizar esta situación ampliando operaciones en mercados favorecidos o ajustando sus precios estratégicamente para ganar participación frente a competidores más afectados.
Las políticas industriales, como los subsidios y créditos fiscales, también han cobrado protagonismo. La Ley CHIPS en Estados Unidos es un caso ilustrativo: permitió a firmas como Intel anunciar inversiones millonarias en manufactura nacional de semiconductores, alterando el retorno de capital y redibujando el mapa de la producción tecnológica.
De igual modo, el auge de los acuerdos comerciales regionales —que han crecido cerca de 30 % desde 2017— abre la puerta a nuevos mercados y facilita condiciones más competitivas para la inversión. A su vez, las restricciones de exportación en áreas críticas como la computación cuántica, los satélites o los chips generan espacios que otras empresas pueden ocupar, siempre evaluando riesgos de transferencia tecnológica.
Otro frente es el de los controles de inversión. Al limitar la participación extranjera en sectores estratégicos, los gobiernos están ofreciendo a los actores locales una ventaja para consolidar su presencia en el mercado interno y expandir márgenes.
Los analistas recomiendan un enfoque dual: avanzar con estrategias ofensivas de crecimiento y, en paralelo, adoptar medidas defensivas “sin arrepentimientos”, como diversificar proveedores, asegurar inventarios y desplegar modelos de doble abastecimiento. En este esquema, lo preventivo y lo proactivo no se excluyen, sino que se complementan.
La historia reciente demuestra que las empresas estadounidenses han sabido adaptarse a nuevos órdenes internacionales. Su capacidad de resiliencia será decisiva para mantener la competitividad y el liderazgo económico en un futuro marcado por la incertidumbre geopolítica.










